Mi primera experiencia en el outback, que podría traducir por el campo (australiano), fue, desde luego, más surrealista que peligrosa: decepeción de mis deseos más infantiles. Ohhhh.
La excursión comenzó temprano, como todo en Australia. A las siete de la mañana aproximadamente (a esas horas las aproximaciones son dolorosas) salimos del centro de Sidney camino del norte, rumbo a Port Stephens, un pequeño pueblo costero famoso por sus viñedos. Nada más sentarme, me percaté de que Nacho, el conductor y yo éramos las únicas personas del autobús que teníamos los ojos más o menos redondos, teniendo en cuenta las horas. El resto del pasaje iba con los ojos entrecerrados. Y así siguieron todo el viaje.
La excursión la organizó un compañero de clase, Mathew, que se había puesto en contacto con una empresa de su país, Corea del Sur. El precio era más bajo de lo normal, una ganga, y aceptamos sin rechistar. El único inconveniente era que la excursión sería surcoreana, en todos los sentidos: guía surcoreano, comida surcoreana, chistes surcoreanos (¿cuantos japoneses se necesitan para desenroscar una bombilla?) y costumbres surcoreanas. Las más notables de las últimas eran correr hacia todos lados y asombrarse con demasiada frecuencia. Port Stephens está a tres horas de Sidney. Llegamos en dos y cuarto.
(Por cierto, Chuck Norris es el único ser del planeta capaz de darle al interruptor de una bombilla y desenroscarla antes de que se ésta encienda.)
La primera parte del viaje, como es lógico, me la pasé durmiendo. Craso error. Sumido en un mundo de ensoñaciones poblado por coreanos, mis oídos registraron un ohhhh que mi cerebro archivó como uno de los muchos ohhhhs que los habitantes de Corea del Sur utilizan para comunicarse con la naturaleza, aun la más prosaica, y por ello no le di más importancia. No merecía la pena abrir los ojos, ni siquiera entreabirlos como hacen ellos, para mirar otro árbol mayor de lo normal. Dammed! En este caso se trataba de canguros. ¡Sí, canguros!
(De este modo tan estúpido he perdido mi primera oportunidad de ver el animal oficial de Australia. Cuando mis compañeros me avisaron, el autobús ya iba disparado hacia la primera parada y lo único que conseguí ver fueron caballos con chubasquero y vacas comprensiblemente gordas. Todavía sigo esperando.)
Esa primera parada era, según la guía del viaje (en surcoreano, por supuesto) el desierto. Nada más bajarnos del autobús vimos a cuatro habitantes de Corea del Sur subidos en dos camellos, dispuestos a emular a T.H. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, pero con menos estilo y, desde luego, menos Arabia. A Nacho y a mí no terminaba de convercernos el paisaje. A un lado, el mar; al otro, las dunas. Sí, había camellos (dos), pero... “Esto más bien es una playa grande, ¿no?”, suspiró Nacho. En efecto. Desierto, desierto...
Un autobús con tracción a las cuatro ruedas pasó a recogernos, para llevarnos, ¿quién sabía?, más allá, quizá, del yunque de dios. Más acá, mejor. Nos llevó a una duna un poco mayor que las demás, a cinco minutos de distancia. Allí nuestro afable guía (del que hablaré después) nos dejó a cada uno una tabla de madera, para que nos tirásemos duna abajo. Así, sin introducción ninguna. La idea nos entusiasmó en un principio: sandboard! Sin embargo, cuando vimos a las madres surcoreanas deslizarse de culo por el (digamos) yunque de dios, nuestro entusiasmo bajó algunos enteros.
Nos pusimos manos a la obra con dedicación y diligencia, como veíamos hacer a los surcoreanos. Al tercer intento, decidí tirarme de pie y el experimento no salío demasiado bien. Dos intentos más tarde, mi estilo ya parecía el de un surfero de arena dulce, simpático y torpón. Siete intentos más tarde lo único que me faltaba por pulir era el aterrizaje. Siempre acababa rodando por el suelo.
El sol pegaba fuerte y tras la bajada había que subir; por todo ello, a los diez minutos estábamos empapados en sudor y rebozados en arena. “We are like a... croqueta”, dijo Nacho. “Good English!”, respondí. La verdad, ¿quién demonios sabe cómo se dice croqueta en inglés? Según el wordreference, croquette. Otra gran decepción, sin duda.

En serio no viste al canguro?
Sigue así muchacho que me reído tela con su historia...
Voy a tener que traerme un coreano al piso, parecen divertidos.
Los chistes serán tipo: sabes como le llaman en japón a... o van dos japoneses por la calle...
Lo dicho, cuidese Colomer!
Da gusto comprobar cómo el clima y el floclore de aquellas tierras a las que te has marchado no han cambiado ni un poquito tu sentido del humor (ni tu tremenda mala cabeza ¡despistao!)
Estás sembrado, como siempre.
Al igual que Juanlu (por cierto ¿te veré en el cumple de rosa no?) me he reído de lo lindo leyendo tu incursión en campo autraliano. Ya veo que te mueves como kanguro en el desierto con tus compis coreanos.
Un besito muy grande,