Sideways
Vuelta al autobús, éste nos dejó en la playa. “Cinco minutos”, nos indicó a su manera el guía (del que hablaré después), ya que había que ir a comer. “¿A las doce?”, nos preguntamos. Exacto. Ya me gustaría haber visto esta misma excursión organizada por españoles.
Nos hicimos un par de fotos y luego decidí remangarme los vaqueros (no lo suficiente) para mojarme (en principio) los pies. Una ola traicionera, como la que supongo mató al Manolete del surf (se llamaría Anthony) me mojó hasta la entrepierna. El guía (del que hablaré después) nos seguía metiendo prisa, así que dejé que la madre naturaleza secase mis partes, una a una, cuando ella considerase oportuno. Y he de decir que la madre naturaleza, para ciertas cosas, se toma su tiempo.
El restaurante, al que fuimos también en bus y deprisa, era (oh casualidad) surcoreano. Todo tan coherente como una película de Billy Wilder. Teníamos, por supuesto, menos de veinte minutos para comer. ¿Qué? Algo manchado de rojo que crujía y (por lo visto) era verdura; arroz blanco; sopa de noodles con (por lo visto) ternera, y, finalmente, otra cosa manchada de rojo, también crujiente, que debía ser, si al final uno se daba por vencido, verdura.
Vuelta al autobús. Destino: el puerto del pueblo. Objetivo: embarcar en un ferrie, ver delfines, la gran atracción del viaje, y beber café. Nuestro guía (del que hablaré depués) sonreía de oreja a oreja. La planta de arriba del ferrie, al instante, fue ocupada por una marea de surcoreanos. Nos tuvimos que contentar con la de abajo, donde nos dieron café gratis. El día iba siendo largo, más que nada porque teníamos la sensación de que habíamos hecho muchas cosas muy deprisa y encima con palillos chinos (surcoreanos en este caso). En España no estarían ni con el periódico...
A los cinco minutos, un gran ohhhh bañó la cubierta del ferrie, incluso la de abajo. ¡Los delfines! ¡Por allá resoplan! El barco aminoró la marcha y empezó a navegar en círculos. Pequeños grupos de delfines aparecieron en la superficie del agua, durante unos segundos, por varios lados a la vez. Poco a poco nos fuimos acercando a ellos. Animales bellos, y mucho menos extraños que los surcoreanos. Lo más cerca que los tuvimos (a los delfines) fue a poco más de cinco metros. Mis compañeros de clase y yo los llamamos de todas las maneras posibles (a los delfines): quien lo hizo mejor sin duda fue Okfi, una chica de Indonesia de padre delfín y madre lenguado. No nos hicieron mucho caso (los surcoreanos).
De vuelta al puerto y... ¡cinco minutos libres! Al final fueron tres, los suficientes para que el guía (del que hablaré después) se fumase un cigarro, y tampoco supimos saborearlos. Subimos al autobús, que tomó el camino de un viñedo donde cataríamos vinos de la región.
Paisaje bello, regulares vinos. Nos dieron a probar un vino blanco, un vino tinto y un vino dulce. Los surcoreanos ponían caras raras cuando se tiraban al gaznate, después de olisquearlos, los vinos australianos. A mis compañeros de clase (China, Indonesia, Japón, Tailandia...) tampoco les hicieron demasiada gracia. El guía se los bebía mezclados...

fishbone dijo
Varias cosas...
a. Habla del guía de una puta vez.
b. Creo que tus amigos surcoreanos sabrán limpiar un ano de plástico... lo mismo usan palillos.
c. ¿Has visto como está el percal en España?
d. ¿Te vas a hacer un fotolog?
e. Este finde es el cumpleaños de Rosa y no puedo ir!
Espero que hables del guía en la próxima ocasión...
7 Junio 2007 | 10:52 AM