El guía, en efecto, merece un apartado especial en el relato de esta primera aproximación a la Australia, más que salvaje, rural. Nada más empezar el viaje cogió el microfono, con la misma gracia que un imitador nativo de Sinatra en un karaoke de Tokio, para no soltarlo. Y no lo soltó, en efecto. Literalmente.

Estuvo el señor Sinatra las más de dos horas del viaje de ida; las incontables horas del viaje por el pueblo; las horas de la ruta hacia el viñedo; las horas del viaje de regreso... todas esas horas pegadas una detrás de otra con la misma sustancia que utilizan en Corea del Sur para pegar el arroz; todas esas horas, inenarrables horas, sin parar de hablar.

El asombro crecía constantemente entre nosotros y creedme que no lo hacía (el asombro) demasiado bien. Cuando el asombro pasó por la etapa de la infancia se rió del guía; cuando llegó a la adolescencia, se cuestionó el porqué de todo ello; en la primera juventud, intentó comprenderlo; ya en la madurez, el asombro sencillamente pasó a admirar la perseverancia, la dedicación y la inagotable pasión que bullía en esa lengua; finalmente, en la vejez nuestro asombro se preguntó, con la tranquilidad que dan los años: “¿Qué demonios ha dicho?”.

Mathew y sus amigos (extras sacados de una película de Bruce Lee, no de Billy Wilder) nos explicaban al principio que el guía decía muchas cosas, lo que, aun sin entender ni pizca de surcoreano, saltaba a la vista. “¿Qué cosas? ¿Qué tipo de cosas dice?”, seguíamos inquiriendo nosotros, presa del asombro más absoluto. “Cosas del viaje...”, nos respondían lacónicos. “Pero no es posible”, insistíamos nosotros, “tiene que hablar sobre algo más, lleva cinco horas sin parar”. “¿Cuenta chistes?”. “Sí, muchos, pero no tienen gracia”, nos decía Mathew, y el silencio sepulcral del autobús (sin un asiento vacío) corroboraba sus palabras. El guía, sin embargo, no cejaba en su empeño, y se le veía feliz, relajado, como en familia. Como si a Teresa Campos o Ana Rosa Quintana le diesen cuerda (para mucho rato) y nos deleitasen con una velada de sobremesa más allá del espacio y del tiempo.

“¿Está hablando de su vida? ¿Nos está contando cómo fue su infancia en un campo de arroz?”, preguntabamos ansiosos. “No sé”, repetía Mathew, “dice muchas cosas, pero nosotros preferimos no escucharle”.

No escucharle... Para nosotros, ignorar sus palabras no era una opción. ¡Aquel hombre debió hablar de lo divino y de lo humano! ¡No podía ser de otra forma! En el viaje de vuelta tocó (probablemente, dado su semblante contrito) el tema de la muerte, a lo Woody Allen, entre cómico y trágico, pero oh desgraciados de nosotros, nada entendimos. Si intentabas concentrarte al máximo y siquiera captar la esencia de su discurso, no ya las palabras exactas o aproximadas; no el contenido, tampoco el continente; sencillamente, el halo que rodeaba a sus frases cercanas, lejanas a un tiempo... si hacías ese sobreesfuerzo con dedicación plena... no conseguías nada. Llegó un momento en que tuvimos la tentación de doblarle, como se hace con las películas malas. Pero tan absorvente era el desafío que lanzaba al mundo nuestro guía que nos parecía una falta de respeto, como toser en un templo budista. Quedará para el recuerdo.

Llegados a Sidney, exhaustos, demasiada Corea en un solo día, nos retiramos a nuestras casas prestadas, no sin antes estrechar la mano (mi espíritu me pedía estrechar la garganta) de la luminaria que aceleró nuestros pasos y oscureció nuestros oídos durante largas horas transportadas. Allá se alejó, con su camisa de rayas de colores vivos, sus pantalones blancos y un pendiente (más parecía una tuerca) en la oreja izquierda, ufano, con un par de kilos de más.

¿Cuántos japoneses se necesitan para desenroscar una bombilla? Once. Uno que dé parte de la avería al departamento de mantenimiento. Otro para echarle la bronca al empleado de mantenimiento por no haber previsto que la bombilla podía fundirse. Otro para fotografiar la bombilla fundida y comprobar el estado en el que ha quedado. Otro para rediseñar la bombilla en la mesa de dibujo y eliminar los fallos de la versión previa. Otro para efectuar los cálculos de precisión y así mejorar sus prestaciones. Otro para llamar a la fábrica de bombillas para que se la hagan nueva. Otro para pasar el test de calidad de la bombilla fabricada. Otro para llamar al técnico para que coloque la bombilla nueva. Otro para asegurarse de que el técnico la ha colocado bien. Otro para pasar el test de calidad de la bombilla en funcionamiento. Otro para comenzar los planes de rediseño de dicha bombilla, que se acabará fundiendo en el futuro, y así ganar tiempo...

Ni pizca de gracia. Con la mano en el corazón.