El ganso está desacreditado bajo la ley marcial del diccionario, donde se le aplican adjetivos como torpe, malcriado, tardo, perezoso, incapaz y descuidado. En definitiva, un hombre patoso que presume de chistoso y agudo sin en realidad serlo. ¡A la cárcel con él!
Como gran lista tras la enciplopedia, el diccionario aprieta las palabras con una pizca de crudeza, sujetándolas al vacío con un racimo de grillos. Las definiciones de según qué palabras pueden ser áperas, rigurosas y desazonadoras.
Las listas aprietan demasiado y aun así son inevitables. Son como un estado de sitio (contra el caos de ahí fuera), donde quienes quedan dentro miran con desazón a quienes quedan fuera, y quienes quedan excluidos miran con malicia a quienes quedaron reclusos. En mi opinión, las peores listas son las que rondan el diez, con uno, dos o más vagones detrás. Los diez personajes más malvados de la historia; las cien batallas más decisivas de todos los tiempos; los mil artistas más influyentes en la cultura occidental; las diez enfermedades más interesantes de África; los cien platos que su madre de usted prepararía en un santiamén... etcétera, etcétera, etcétera. El redondeo siempre es nocivo para el consumidor.
Entre mis transgresiones favoritas están las listas cinematográficas. Las cien mejores películas de la historia del cine; los diez largometrajes bélicos más aclamados del cine mundial; los quince musicales que ni usted ni su madre de usted deberían perderse... Este ejercicio ha ganado rigidez en los últimos tiempos, con el recurso habitual de elaborar cada semana una lista de las diez películas más taquilleras del mercado, una atrofia importada del mercado estadounidense. Prefiero de largo la selección más o menos caprichosa de los críticos de cine, entendidos, forofos, todos cinéfilos sin saber exactamente muy bien cómo ni por qué, casi siempre atemporal.
Este tipo de ejercicios son muy arriesgados, lo que comúnmente se dice meterse en camisa de once varas. Pero ante la marcialidad antipática del diccionario, el deber de uno es reivindicar ciertos términos, otorgándoles un sentido más amplio y una belleza rellena de sensibilidad. Mmm.
Empecemos por seleccionar de entre, por ejemplo, el océano de comedias de la historia del cine americano, por decir uno. Mmm. Los directores a incluir de manera inevitable serían: Charles Chaplin, Ernst Lubitsch, Frank Capra, George Cuckor, Howard Hawks, Billy Wilder, John Ford, Stanley Donen, Blake Edwards y Woody Allen. Mmm. Y, de entre sus películas: El gran dictador; El bazar de las sorpresas; Sucedió una noche; Historias de Filadelfia; Luna Nueva; La tentación vive arriba; El hombre tranquilo; Cantando bajo la lluvia; Desayuno con diamantes; y Annie Hall. Mmm. Me da pena dejar fuera a Vicente Minelli, George Roy Hill o Stephen Friars, por poner un par de ejemplos.
Todos ellos fueron hombres cabales, y el señor Allen aún lo sigue siendo. Estuvieron (y el señor Allen todavía lo está) a notable distancia de los adjetivos antes citados: no fueron torpes ni perezosos, tampoco incapaces o descuidados. Pero no muchos pudieron evitar, sin embargo, hacer el ganso a lo largo de sus prolíficas carreras.
Continuemos. Si tuviese que elegir las 10 gansadas más hilarantes de la historia del cine (mmm), un paso más allá en el alocado recorrido hacia la combustión espontánea, buceando en el mar de sonrisas infinitas, muchos directores antes nombrados podrían repetir, aun alguna de las películas ya mencionadas. Los nombres inevitables: de Capra, Arsénico por compasión; de Lubitsch, Ser o no ser; de Wilder, 1, 2, 3 ó Con faldas y a lo loco; de Edwards, El guateque o

¿Gansos, entonces? Sí, y gracias por rompernos los grilletes.

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