La vida de los otros
He salido del cine con el ánimo un punto sombrío, una sombra que me ha protegido durante el camino de regreso a mi habitación. He recorrido el rostro aceitoso de la ciudad durante la hora ascendente del sábado noche, cuando los ríos de gente que van a desembocar al mar muerto de turno son más notorios, por visibles y ruidosos. Lloviznaba en Sydney y a las puertas de los bares de copas de la calle Oxford una multitud de ineptitudes se aglomeraba con las narices arrugadas.
La nariz en Sydney podría ser George street y alrededores. Ésta parece estar siempre congestionada, afectada por el frío.
Una masa de supuestos individuos en sus ratos presos empantanaba los deltas a la entrada del mar tal o del mar cual, la mayoría, como decía antes, mares muertos. En esos momentos es cuando uno se quiere dar cuenta del poco margen de libertad que nos ofrecemos, como regalo de no cumpleaños, a nosotros mismos, posibles cucarachas atrapadas en la corriente dominante. La película era La vida de los otros, sobre
La sensación que tengo cada vez que remonto la nariz de esta ciudad es que todos sus habitantes, incluidas las gaviotas, son iguales; todos esperan a las puertas de los clubes con sus mejores galas, mientras las gaviotas picotean por aquí y por allá a las puertas de las hamburgueserías. Las colas a medianoche eran sorprendentemente largas, aunque la sorpresa (quizá) se deba más a mi candidez que a lo insólito del espectáculo. Probablemente éste se repita cada sábado a la misma hora. ¿Por qué no iban a esperar las cucarachas para entar a ese o a otro local, como no puede dejar de esperar el río Jordán para ir a morir al mar Muerto?
Por otro lado, me dije, los elegidos deben estar ahora en casas particulares, en embajadas, en teatros o en salas de conciertos observando cómo brotan con delicadeza las obras maestras. Luego pensé: “En un planeta de... ¿seis mil millones de personas?”. (Seis mil quinientos millones de almas más o menos, con una previsión de siete mil millones para dentro de tres años.) Pensé: “¿Qué clase de elite con individuos de características singulares puede esperarse con una población de seis mil millones de personas?”. Los aristócratas son indistinguibles.
Durante el sábado por la noche no hay nada singular, ni siquiera en los cines oscuros donde ponen películas ganadoras del Óscar al mejor largometraje de habla no inglesa. (Uno podría pensar con escaso juicio que el premio se lo han dado a ésta porque en ella hablan en alemán.) Las multitudes se apelotonaban en largas colas: las chicas con los vestidos de vuelo corto y las faldas minimalistas menos-es-más; los chicos con los músculos abultados bajo las camisetas rígidamente ceñidas, más-es-más; todos formaban una masa homogénea, sin interrupción, como si se tratase del largo escaparate, sección carnicería, de un supermercado. (De eso se trata en la actualidad: de ser supermercado.) Una masa de borregos que sale de no sé qué fábrica para entar en no sé qué matadero.
El problema podría estar en que siempre pensamos que así son las vidas de los otros, que no la nuestra, cuando con un poco de introspección, que no autocontrol, se podría descubrir la pobre, escasamente excitante verdad.
Y luego qué, ¿la revolución?


LOTO dijo
me encanta tu reportaje de sabado noche en SYDNEY ,seguire leyendo tus escapadas por la ciudad (no te falta razon de ver el centro como constipado ,las sombras se proyectan muy largas oscureciendo todo incluso en verano) un saludo
22 Agosto 2007 | 09:57 AM