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La Coctelera

SIDNIHILISTA

COJE EL PROZAC Y CORRE

4 Octubre 2007

Lo que hemos comido

La gastronomía australiana está en búsqueda y captura, a diferencia de George W. Bush, quien se desplazaba hace unas semanas con notoriedad chamuscada por el centro de Sydney, mientras miles de personas intentaban echarle el (mal de) ojo, un pastel (a la cara), las manos (al cuello) o un prosaico escupitajo (no se me ocurre dónde) sin demasiada sustancia. La mayoría de los restaurantes australianos, al contrario que el presidente de los Estados Unidos de América, adolecen de una falta de interés notable. Tienen sopas variadas, marisco y algunas excentricidades sin consecuencias. Las excentricidades del señor presidente no son tan inocentes. Entre las más destacables: la carne de canguro, que tiene un aire al rabo de toro, nerviosa y dúctil; la invasión de Afganistán, arriesgada y mojigata, todo al mismo tiempo; el huevo de avestruz, que parece una bomba de relojería; la de Irak, soberbia, malpensada y desastrosa; y la carne de cocodrilo, que según me han comentado es de color blanco y sabe, como todas las extravagancias, a pollo.

La gastronomía española continúa vibrando en la memoria de mi paladar. Cómo olvidarse. Y me vienen a la mente, que en estos momentos resbala hasta el cielo de la boca, las palabras de Josep Pla en su libro Lo que hemos comido, en el que el escritor ampurdanés habla de sus preferencias culinarias.

Un ejemplo es la langosta con pollo que comí en casa de niño. Si se acierta, la combinación de elementos tan opuestos, casi aberrantes, bien ligados por el sofrito, una de las señas de identidad de nuestra cocina, puede resultar muy agradable. A simple vista no hay nada más arriesgado que poner en una misma cazuela un pollo y un crustáceo, ambos ingredientes de inconfundible personalidad”.

En su casa comían langosta y pollo, armonizados gracias al sofrito. Con un plato como ése, con alimentos con carácter —el pollo y la langosta— es difícil acertar, explica Pla. “Son combinaciones que dan miedo, difíciles y peligrosas”. En mi casa rara vez mezclamos la carne con el pescado. Comemos gambas, gambones y langostinos con regularidad, cangrejos en determinadas ocasiones, pero rara vez hemos probado la langosta. La carne, toda. Por ello, en mi memoria, la langosta adquiere proporciones sobrenaturales, fantásticas y desmesuradas; la langosta se convierte en un alimento de los cielos oscuros, de las fosas abisales que enfrían el agua del mar, el fondo de los océanos. Una exageración. La langosta es impresionante, astronómica. El pollo, en cambio, ha sido, es y será un elemento fundamental de nuestra dieta, cotidiano, natural y sencillo. Pollo al ajillo, pollo con arroz, pollo cocido con ternera y tocino, filetes de pollo a la plancha, etcétera.

Pla no se sentía impresionado por la langosta. Sentía un recelo primario por la mezcla del pollo y la langosta, procedentes según mi punto de vista de estratos sociales diferentes, opuestos. Le daba miedo que no casasen bien dos ingredientes con personalidad. A mí me extraña que se pudiesen saludar, siquiera dar la mano. El pollo por sí solo es formidable, aunque no intimida. La langosta es un lujo, deslumbra, confundiendo y embriagando al mismo tiempo. Entonces, ¿puede un pollo de cuna humilde freírse con una langosta de exhuberancia inflamable, por mucho sofrito que? En este punto la timidez vence al optimismo.

“Mi capacidad de absorción de alimentos siempre ha sido muy precaria. Es probablemente éste el motivo por el que he llegado a vivir algunos años. Estos papeles los escribo habiendo cumplido setenta y cuatro años, que ya son muchos. Mi ideal culinario es la simplicidad, compatible en todo momento con un determinado grado de sustancia. Pido una cocina simple y ligera, sin ningún elemento de digestión pesada, una cocina sin taquicardias”.

Mi capacidad de absorción es ilimitada. Pla se definió a una edad temparana. Era otra época. Mi falta de madurez, en cambio, me hace más permeable. Pla —por ejemplo— rechazaba los platos exóticos, se sentía a gusto entre los platos de por aquí. Pla es en muchos sentidos un ser constreñido, de una universalidad agazapada, reacia y burlona, un escéptico agachado y un descreído dogmático. Esto puede provovarnos rechazo o no. Sin embargo, pronto nos gana con la higiene de su pensamiento, sencillo y confortable. En un punto del libro hace alusión a lo agradable que es vivir en un país habitado por gente normalmente alimentada. Ahí, justo ahí, es donde no cabe oponer resistencia.

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terra

terra dijo

Los tiempos cambian y nos adaptamos a las actuales exigencias.La catapalana es un plato portugués, adoptado últimamente ,que consiste en mezclar de forma armoniosa y exquisita: cigalas, rape,langostinos y cerdo ibérico.Manjar de manjares,ñam,ñam

12 Octubre 2007 | 11:16 AM

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Sobre mí

En los tiempos de la Gran Depresión, mis compinches y yo preferíamos montar una farmacia antes que atracar un banco. La gente no dejaba de llorar, por todas partes: en el Ayuntamiento, en el parque, en la pista del colegio... De lo que se trataba era de poner un poco de alegría en la ciudad. Hasta que llegó Batman, nosotros fuimos la gran atracción. Eran otros tiempos. Ahora no sé quién soy. Sólo sé que estoy enamorado.

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