Sacad las antorchas / Llega el Führer
La Eurocopa de fútbol de Austria y Suiza comienza ya, este fin de semana. Otra buena oportunidad para constatar, por enésima vez, que el fútbol gusta, y mucho. Reconozco que a mí, personalmente, el fútbol me pierde. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. (Apunten al árbitro, por favor).
Soy un hijo (bastardo, supongo) del siglo de las luces, y mi razón cojea por la pata del fútbol. Conozco a muchos hombres honorables, ateos confesos, a quienes gusta, y mucho, el fútbol. Mi padre (ya que ha sido mencionado por aquí) es más coherente. Un republicano de la vieja guardia, digamos. Le irrita el fútbol, le irritan los toros y le irrita la Semana Santa. Eso sí, siente pasión por el flamenco.
Pero, se preguntará mi padre... ¿qué tiene que ver el flamenco con estas oscuras secreciones folclóricas? ¿Qué tiene que ver el flamenco con los toros, el fútbol y la Semana Santa? En principio, el flamenco está despojado de piojos; o sea que es ajeno a la política, lo que en España significa que está fuera de toda polémica.
A pesar de esto, yo no lo separaría tan a la ligera del resto del folclore español. Es más, lo metería exactamente en el mismo saco de irracionalidades varias en el que tienen cabida, desde tiempos inmemoriales, la Semana Santa, los toros y el fútbol, junto con la misa de doce, las fallas y el día de los enamorados. Entre otras cosas.
Y es que nadie está libre de pecado ─permítanme volver a usar esta expresión perteneciente al ámbito de la religión, ese anacronismo de flexibilidad legendaria. Yo no lo estoy, así que no tiraré la primera piedra. Es más, no voy a tirar ninguna piedra. He de confesar que durante el Mundial o la Eurocopa siempre siento una gran simpatía (por decirlo de manera suave, ya que no intento polemizar) por Dinamarca. ¿Qué significa esto? ¿Tan escaso ando de sentimiento patriótico? No. Se trata de una cuestión de principios. Dinamarca es mi reserva de cordura. Mi almacén de antorchas.
No pretendo ser un extravagante. Pretendo ser, repito, un hijo (aunque sea bastardo) del siglo de las luces. Soy consciente de que, deslumbrado un tanto, sea inevitable caer en alguna que otra cueva, cometer algún que otro pecadillo de carácter intelectual. Dinamarca será siempre mi antorcha.
