Bielorrusia
Sorpresa de Randall para compensar su despiste. El hombre tiene su ingenio, hay que reconocerlo. Y estas chicas de compañía bielorrusas son muy agradables, serviciales y complacientes. Hemos conseguido con el ticket de compra que nos devuelvan parte del dinero por el lanzacohetes. Nos han ofrecido una cabeza nuclear y una caja de botellas de vodka. Randall y yo hemos discutido (algo ebrios) en la habitación de un hotel en Minsk. "¿Para qué demonios queremos una cabeza nuclear ahora?", le pregunté. "Nunca se sabe", replicó Randall. "No podemos ir por el mundo con un arma nuclear en la maleta, no somos musulmanes", razoné. "¿Por qué no?", insistió. "Por que no hemos sido bautizados. Además, ¿crees que nos van a dejar entrar en Bélgica con eso en el equipaje?", grité un poco fuera de mis casillas. "Hasta que no probemos...", afirmó Randall con los ojos entrecerrados, una mirada tan cargada de problemas como un submarino nuclear ruso. Una de las Katiuskas entró en la habitación y dejamos de discutir. Intentaré sacar el tema de nuevo en la cena, pues esto no va a quedar así.
De un tamaño ligeramente menor que Kansas. Nota: vigilar a Randall de cerca. Inviernos fríos, veranos frescos y húmedos. Nota extra: más vodka.

Gregory Molina dijo
Muy bien, pero qué hay de Gregory. De todos los "Gregories". Por qué este silencio complaciente ante las dos muertes más trágicas del año. Sí señor, ocúpense de Batman en la OTAN, ocúpense. Nosotros coceremos en la sombra el caldo de cultivo que añada a esta dramática aquiescencia un hueso de pollo.
La niña todavía llora un invierno por sus katiuskas rojas, en suma.
21 Diciembre 2008 | 03:20 PM