En los tiempos de la Gran Depresión, mis compinches y yo preferíamos montar una farmacia antes que atracar un banco. La gente no dejaba de llorar, por todas partes: en el Ayuntamiento, en el parque, en la pista del colegio... De lo que se trataba era de poner un poco de alegría en la ciudad. Hasta que llegó Batman, nosotros fuimos la gran atracción. Eran otros tiempos. Ahora no sé quién soy. Sólo sé que estoy enamorado.